El pasado 1° de mayo el jefe de la junta militar-empresarial que gobierna Estados Unidos, Donald Trump, escaló el conjunto de la guerra contra el pueblo cubano con una nueva «orden ejecutiva» que busca el colapso económico-social del país, una vez que las amenazas —incluyendo las amenazas de intervención militar— no han funcionado de ninguna manera.

Las nuevas medidas —para nada retóricas ni simbólicas— no toman por sorpresa a nadie en Cuba: son la continuidad de la hostilidad imperialista que comenzó el propio 1° de enero de 1959 y que ha probado contra el pueblo cubano todo el espectro agresivo que va desde el bloqueo criminal hasta una invasión militar. Todas han sido derrotadas, aunque con un costo humano y material muy elevado que ha dejado una cicatriz perdurable en la curtida piel del pueblo cubano.

En Washington se respira el mismo aire que había entre 1989 y 1991, cuando se produjo el derrumbe del campo socialista y la disolución de la Unión Soviética. Envalentonados con sus recientes éxitos político-militares en la región, creen que ha llegado «la hora final de Cuba» haciendo comparaciones que confunden los deseos con la realidad.

La respuesta desde Cuba es la misma: la única alarma que conoce el pueblo cubano es la alarma de combate. Los últimos meses, desde la intervención imperialista en Venezuela, se ha perfeccionado y revitalizado la concepción de la Guerra de Todo el Pueblo cuya finalidad es evitar la agresión como forma de ganar la guerra al hacerle saber al enemigo los impagables costos de una guerra contra Cuba.
No obstante, no hay que desestimar los impactos de la nueva orden ejecutiva en la economía y la sociedad cubanas. El decreto de la camarilla gobernante de Washington busca la implosión social mediante la asfixia invivible de un país sometido a un bloqueo que constituye un bombardeo atómico silencioso que mata mujeres y niños, jóvenes y ancianos cada día, cada hora, desde hace más de 67 años.

La implosión del orden mundial «basado en reglas» posterior a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Fría, el cual no era más que el orden mundial basado en las reglas del imperialismo y sus cómplices, coloca a Cuba en un lugar muy peligroso de la escalada de Washington. En el minuto actual solo la resistencia organizada de los pueblos, incluyendo la resistencia armada —como ha demostrado de manera heroica Irán— puede detener la posibilidad de la agresión.

Es la hora de movilizarse al lado del pueblo cubano, de manera activa y decisiva para evitar la guerra e impedir el exterminio en cámara lenta al cual está siendo sometida Cuba ante la mirada incólume de la llamada comunidad internacional.

La suerte del pueblo cubano es hoy, como nunca, la suerte de los pueblos de América Latina y el Caribe. Una victoria imperialista en Cuba —ya sea mediante la agresión directa o mediante la implosión social— es una derrota de los pueblos que luchan.

Hoy no caben medias tintas ni actitudes tímidas con recelos nacionales que descuiden la dimensión internacionalista de la lucha que se libra en Cuba. Como hace más de un siglo advirtió José Martí «un error en Cuba es un error en América» y frente a las amenazas solo queda una convicción:

¡Hasta la victoria!

¡Siempre patria o muerte!