Camaradas,

Cualquier análisis sobre el atentado del 3 de enero contra Venezuela que ignore el hambre histórica de los Estados Unidos por el petróleo del país no se sostiene. Es cerrar los ojos ante lo obvio: detrás de la retórica agresiva y del desprecio explícito por el pueblo venezolano —al que Trump llegó a referirse como el pueblo más feo del mundo— está la vieja obsesión por el control del petróleo.

En los últimos días, Trump ni siquiera se dió el trabajo de sostener los argumentos que antes usaba como barniz moral para sus embestidas, la supuesta falta de democracia o el alegado vínculo del Estado venezolano con el narcotráfico prácticamente desaparecieron del discurso. Lo que quedó fue el alarde desnudo y crudo sobre saquear el petróleo venezolano. Sin rodeos, sin disfraces.

No es coincidencia. Trump es hoy el principal portavoz del negacionismo climático en el mundo y tuvo su campaña presidencial generosamente financiada por gigantes del sector petrolero de los Estados Unidos, como Energy Transfer, Continental Resources e Hilcorp Energy. A ellas se suman pesos pesados como Exxon Mobil y Chevron, empresas que perdieron espacio cuando la estatal PDVSA pasó a ocupar el centro de la política petrolera venezolana.

Ahora, Trump rinde cuentas a quien financió su campaña política. Al prometer, en tono de amenaza disfrazada de broma, que Venezuela entregaría hasta 50 millones de barriles de petróleo a los Estados Unidos, no habla como estadista, sino como lobista. El petróleo, una vez más, es el verdadero protagonista de esta historia.

El secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, entusiasta del golpismo en América Latina, sigue afirmando un plan de organización del país atacado, en el cual habría una fase de recuperación donde empresas de su país tendrían acceso al mercado venezolano de forma… ¿justa?

La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, amenazada por Trump para cooperar con sus exigencias, garantiza que el control del país sigue en manos del gobierno chavista y que no hay agentes externos en este proceso.

Mientras tanto, en el Océano Atlántico, una nueva embarcación que transportaba petróleo de Venezuela fue blanco de piratería por parte de los Estados Unidos. El agravante es que el buque, perseguido por al menos dos semanas en ruta marítima, había adoptado bandera y escolta rusos. En respuesta, Rusia acusó a los Estados Unidos de violar el derecho marítimo.

China volvió a pronunciarse sobre el ataque, afirmando que los Estados Unidos atentan contra los intereses del pueblo venezolano y contra normas básicas de las relaciones internacionales. Por su parte, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, quien está en la mira de Trump, dijo que volvería a tomar las armas en caso de que los Estados Unidos invadan su país, y que los campesinos se convertirían en miles de guerrilleros para defender la soberanía nacional.

Los países están divididos entre defender o rechazar el atentado imperialista de los Estados Unidos. Y esto quedó claro en la reunión de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Mientras Argentina, Ecuador, Paraguay y El Salvador defendieron la intervención extranjera, Brasil, Chile, Colombia, México y Honduras se posicionaron por la soberanía nacional venezolana.

En las calles de Caracas, las mujeres se reunieron en una marcha pidiendo la liberación del presidente Maduro y de la primera dama y diputada Cilia Flores, secuestrados por los Estados Unidos el pasado 3 de enero.

Para saber más:

Artículo – Guerra contra Venezuela

Artículo – Los medios brasileños omiten los motivos de los ataques del gobierno de Trump a Venezuela

Entrevista – ‘Ataque a Venezuela y tarifazo en Brasil son parte de una misma estrategia de los EE. UU.’, afirma Breno Altman, de Opera Mundi

Video – Boa Noite 247 – El asalto a Venezuela y la nueva orden internacional (6.1.26)