La Revolución cubana completa este 1° de enero 66 años desde su triunfo. Hacerlo en las actuales condiciones ha sido un desafío del cual darán cuenta, en su día, los libros de la historia, aunque, desde hace mucho tiempo, ya lo hacen nuestros pueblos. Pero este también es el «Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz» y conmemorarlo, en estas circunstancias es una tarea del movimiento popular organizado, consciente y culto. Las que siguen, no son las líneas que expresan todo lo que es Fidel o lo que puede significar para nosotros, es apenas una inscripción en el frontispicio de este año y un llamado —como ya lo hiciera Juan Gelman— a la Historia —con mayúsculas—: «abre tus portones… entramos con Fidel, con el caballo».

La cartografía de un horizonte

Cien años no son, para las personas que fundan épocas, una medida de tiempo, sino una medida de intensidad. Al acercarnos al centenario del comandante en jefe de la Revolución cubana, Fidel Castro, el ejercicio de «caminar con Fidel» se despoja de cualquier rastro de nostalgia —la nostalgia, en política, es reaccionaria y sirve solo a nuestros enemigos y sus cómplices— para convertirse en un acto de cartografía política necesaria. Cuando llega el año 2026, no estamos ante el recuerdo de un hombre detenido en el mármol, sino ante lo que su amigo de los últimos años, Ignacio Ramonet definió como un «cazador de ideas» cuyo método de análisis y actuación sigue siendo la brújula moral y política más certera para navegar las tormentas del presente.

Caminar con Fidel, cien años después, no es mirar hacia atrás; es asumir la revolución como herramienta de combate y la ética como escudo. Es entender, en palabras de Frei Betto, que la política solo es sagrada cuando se entrega por entero a la justicia del prójimo, y reconocer que Fidel logró insertar a una pequeña isla en la gran historia de la dignidad recuperada del Tercer Mundo.

1.  El método: Fidel como lente de la realidad

El primer paso en este camino es sacudirse el «homenaje museístico». Fidel nos legó un método de análisis de la realidad —dialéctico nos dirían los escritores de los manuales de los tiempos pasados— que le permitía leer las tendencias del futuro en los problemas del presente: entender que los problemas cambian, pero los principios de justicia social y soberanía son permanentes porque se trata de «cambiar todo lo que debe ser cambiado», no cambiar todo para que nada cambie.

Es una comprensión de entender la coyuntura no para ajustarse a ella, sino para superarla, para crear, conscientemente, nuevas realidades, para correr el límite de lo posible: de la revolución de liberación nacional en Cuba a la revolución latinoamericana y caribeña; del papel del Tercer Mundo al peligro de la polaridad —sea «bi» o sea «multi»—; de la necesidad del desarrollo a la impostergabilidad de enfrentar la crisis climática; de la guerra de guerrillas a la batalla de ideas; de la liberación nacional al internacionalismo popular como la «causa más bella de la humanidad»; «caminar con Fidel» significa adelantarnos a los pasos de nuestros adversarios y enemigos, prever sus movimientos, «ir al futuro y regresar para contarlo» o —mucho mejor— comenzar a construirlo ahora mismo, sin pedir permiso.

Para Fidel, tan acusado de actuar por impulsos —y claro que los tuvo, como hombre de acción que siempre es—, no hay decisión que no venga de un análisis cuidadoso de los datos disponibles, de las fuentes de información —que siempre exigió exactas y verificables—, de la intuición de quienes hacían las cosas y de la comprensión que no hay destinos escritos, sino campos de batallas donde ir a luchar por nuestros destinos. A veces erró en el campo que escogió o la confianza que le otorgó a quienes no debió, o el peso que le dio a tal o mascual información, pero el método se mantuvo: entender la realidad y trascenderla.

2.  La Revolución: una creación heroica e inacabada

Fidel es la Revolución por antonomasia: eso lo sabemos bien. Pero si la Revolución es —como sentenció Martí en su día mientras le hablaba a los niños y la niñas en La Edad de Oro— «como si se acabase un mundo y empezara otro», el «sentido del momento histórico» exige acabar todos los días con el mundo viejo y construir, todos los días también, el mundo nuevo. Lo terriblemente hermoso —eso que «nos cuesta la vida», como nos dijo el cantor— es hacerlo en este mundo real, chambón y jodido, con gentes reales.

Es la superación del mito de Sísifo: no hay conducción ciega de la Revolución, ni se lucha por la libertad efímera de llevar la roca hasta un peñasco durante breves momentos. Fidel, sempiterno rebelde, no niega la historia que le rodea, ni siquiera durante un segundo hace de ella un absoluto y, consciente de las «poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito nacional y social» llama cada día a la subversión del trabajo del día anterior; a la permanente movilidad de las ideas y movilización de las personas; a la «creación heroica» y desgarradora; al acontecimiento permanente; al empezar de nuevo, si una vez se ha fallado.

En esa comunión social que es la Revolución, la búsqueda de la justicia y de la dignidad plena del ser humano es un imperativo ético infinito, similar a una construcción espiritual en la tierra. Si la Revolución no sirve para eso, entonces, no sirve para nada.

3.  La ética: el escudo de la subjetividad

La ética, ese «sol del mundo moral» es indisoluble de la existencia y condición misma de la Revolución en Fidel. Teniendo aquella, como tiene, múltiples matices; la autoridad de Fidel emanaba, ante todo, de su coherencia ética: la verdad y el ejemplo personal son dos de los pilares de la resistencia cubana. No son legados originales de Fidel en la cultura cubana, es cierto, pero él encarnó como pocos lo que significaba «no mentir jamás ni violar principios éticos».

Nadie como el Che ha definido esta dimensión moral del comandante en jefe como cuando expresó: «Y si nosotros estamos hoy aquí y la Revolución Cubana está aquí es, sencillamente, porque Fidel entró primero en el Moncada, porque bajó primero del Granma, porque estuvo primero en la Sierra, porque fue a Playa Girón en un tanque, porque cuando había una inundación fue allá y hubo hasta pelea porque no lo dejaban entrar. Por eso nuestro pueblo tiene esa confianza tan inmensa en su comandante en jefe, porque tiene, como nadie en Cuba, la cualidad de tener todas las autoridades morales posibles para pedir cualquier sacrificio en nombre de la Revolución».

4.  La cultura: premisa de toda libertad

La Revolución es, ante todo, un profundo cambio cultural, es la subversión del viejo sentido común del Ancien Régime por un nuevo buen sentido. Ese cambio copernicano supone la inversión y, eventualmente, la superación del orden cultural que amparaba y justificaba la dominación.

Del «sin cultura no hay libertad posible» al «una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas», en Fidel hay una noción no instrumentalista de lo que significa la cultura y la necesidad de producirla activamente y no como reflejo pasivo de una realidad en transformación. La Revolución cubana significó la expansión cósmica del diapasón de la cultura; la ruptura de la barrera entre lo «culto» y lo «popular»; la reconfiguración del lenguaje cotidiano; la resignificación del arte; la inmensa obra educacional; la asunción de un sentido común que casi echó al basurero de la historia el respeto por la propiedad privada. Cabe a Fidel el mérito histórico de haber conducido con enorme estatura intelectual —de la cual nos sentimos huérfanos hoy— ese proceso con todo y que la «prisa lleva maravilla y lleva error».

5.  Internacionalismo: «Patria es Humanidad»

De Sumbe a la Mosquitia, de Haiphong a Cuito Cuanavale, del desierto de Ogadén a la selva amazónica, el nombre de Fidel significa —como ningún otro— la dignidad recuperada del Tercer Mundo. Fidel encarnó un tipo de internacionalismo que no estaba basado —porque, sencillamente, no tenía cómo hacerlo— en la diplomacia de la redistribución —aunque justa pudiese parecer— de abundantes recursos naturales que sobraran al pueblo cubano.

De la necesidad agobiante de la supervivencia —no quedar aislados en el mar del capitalismo— al imperativo moral —la «causa más bonita de la humanidad»— de hacer la Revolución en todos los rincones del planeta, en particular en los cantos de aquellas comarcas arrolladas por el desarrollo ajeno, no solo porque fueran los «eslabones débiles» de la cadena imperialista y capitalista mundiales, sino porque «ahora sí, la historia tendr[ía] que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia [como una] ola de estremecido rencor, de justicia reclamada,  de  derecho  pisoteado  que  se  empieza  a  levantar  por entre las tierras de Latinoamérica» y, por tanto, merecían ser los primeros en liberarse —como en aquel trecho bíblico— ; Fidel se puso, al frente de todo un pueblo, en la tarea de dar forma corpórea al «Patria es Humanidad» de José Martí.

Caminar con Fidel es recordar, con emocionado respeto, a las más de 300.000 cubanas y cubanos que cruzaron un día los mares para luchar, alfabetizar, construir, curar, compartir las penurias y celebrar los pequeños triunfos del internacionalismo. También para recordar a los más de 2000 que no alcanzaron a ver la victoria sobre el apartheid en Sudáfrica, la independencia de Namibia, el fin del analfabetismo en Nicaragua, la visión recuperada en los ojos de miles en Sudamérica. Es también, recordar que el internacionalismo popular no puede ser cooptado por dudosas alianzas geopolíticas; no puede convertirse en razón diplomática del Estado; no puede confiar

«ni un tantito así, nada» en el imperialismo, pero tampoco en potencias autodenominadas del Sur Global. Es recordar que para que sea tal tiene que ser, en primer lugar internacionalismo y tiene que ser popular; si no, no sirve.

6.  La unidad: victoria estratégica

Quizás, la obsesión más grande de Fidel, si descontamos la búsqueda de la dignidad plena del ser humano. Grandes esfuerzos y cuantiosas energías dedicadas a encontrar y conservar el Santo Grial de la Revolución y de la existencia misma de la Revolución cubana: la unidad.

Fidel jugó como un gran árbitro de la política cubana y, cuando pudo y le fue posible, de la política internacional. Asumió su papel y actuó en consecuencia. A veces, confundió la unidad con la unanimidad y las voces con los ecos en ese camino. Eso no disminuye un ápice su desempeño: de eso aprendió él y aprendimos todos. Fidel sabía que la unidad no es hija única de la Revolución.

Caminar con Fidel significa entender que la unidad «significa compartir el combate, los riesgos, los sacrificios, los objetivos, ideas, conceptos y estrategias, a los que se llega mediante debates y análisis. Unidad significa la lucha común contra anexionistas, vendepatrias y corruptos que no tienen nada que ver con un militante revolucionario». Su búsqueda es, sin dudas, un camino desgarrador que puede dejar a muchos fariseos en el camino, pero nunca es un recorrido del que se puedan tomar atajos con conspiraciones al margen de la institucionalidad y la orgánica, los cuales devienen, a la postre, contubernios mafiosos. La victoria estratégica de Fidel fue legarnos el aprendizaje de que la unidad, como la Revolución misma, no está dada de una vez y para siempre y reconstruirla requiere de esfuerzos concretos, de renuncias también concretas y de no confundir los árboles con el bosque.

El siglo que empieza hoy

Caminar con Fidel es, en última instancia, un compromiso con el futuro. Los 100 años que celebramos marcan la madurez de un legado que ha sabido cruzar el umbral del tiempo para transformarse en método, en mística y en cultura. Si la unidad es nuestra victoria estratégica, esa unidad solo será invencible si se nutre de la honestidad política y de la resistencia antropológica que es la esencia del ser revolucionario.

Fidel nos enseñó que la única derrota real es la renuncia a la lucha: es la idea de la felicidad. Por eso, al proyectar su pensamiento hacia el nuevo siglo, no buscamos repetir sus palabras, sino emular su capacidad de ver lo que aún no existe y de construirlo con la fuerza de la verdad. El comandante en jefe de la Revolución cubana no es un destino al que llegamos; es el horizonte que nos obliga a seguir marchando. Y en ese caminar, con la frente alta y el libro como trinchera, Cuba, América Latina y el Caribe y el mundo encuentran la certeza de que el siglo de Fidel apenas está comenzando.